TU LLAMADA

Son las 2:53 a. m. y yo espero ansiosa su llamada.

En este trabajo nocturno se supone que somos nosotras quienes tenemos que dejar a los clientes con ganas de más, tenemos que conseguir alargar las llamadas al máximo y tienen que quedar tan satisfechos que, cuando se acabe el tiempo de llamada, estén deseando volver a marcar.

Ahora mismo llevo dos minutos hablando con un pajillero de esos que no te preguntan ni el nombre, van a lo que van, sin tapujos. No los juzgo y no me molesta que lo hagan, creo que yo haría lo mismo si me estuviera dejando ese dineral en la llamada buscando un único objetivo: mi orgasmo.

Mi tarea es ir despacio pero aumentar poco a poco la intensidad de las imágenes que evoco, debo escuchar su tono de voz y los sonidos que va emitiendo para retener su deseo sin aburrirlo, hacer que dure para ganar una buena comisión. Sin embargo, esta vez mi estrategia es controlar el tiempo para conseguir que termine pocos segundos antes de las 3:00 de la madrugada; este tipo de gente cuelga en cuanto acaba sin darte ni siquiera las gracias, cosa que a mi me va genial porque necesito la linea libre cuando el reloj empiece una nueva hora.

Por fin la cosa empieza a subir de tono y, mientras tanto, yo no dejo de mirar el segundero en la pantalla. De repente empiezo a oír gemidos al otro lado del teléfono.

—¡Me voy, me voy, me voy me voy! ¡Ahhhh Siiii! —grita el individuo que se masturba con mi voz. Sin más, la llamada se corta y acaban de dar las 2:55 a. m.

—¡No! ¡Joder! ¡Lo he hecho fatal! ¡Pensaba que aguantaría más el desgraciado! —grito sin darme cuenta. Todas las chicas que hay a mi alrededor me miran con desprecio, les estoy estropeando sus respectivas llamadas. Jorge, el travestí, quiere asesinarme; seguro que está hablando con el tipo aquel que de verdad se cree que lo llama desde el baño de su casa. Espero que no me entre otra llamada porque no podría pasar la noche sin escuchar la voz de Ric.

La linea funciona así: Todas las locutoras nos conectamos como si fuésemos usuarios, aparecemos exactamente igual que los que llaman. Dejas un mensaje con tu voz, por ejemplo: “Soy Candy y estoy ardiendo, necesito que me ayuden a reventar de placer.”, todos lo hacen. Después, eliges a otro “usuario” con quien quieres hablar. Si los que llaman quieren hablar entre sí, la llamada se trasmite a una de las chicas trabajadoras, a ellos les aparece como si los hubieran llamado; pero eso no suele pasar.

Yo suelo crearme varios personajes y los voy cambiando en función de la hora. Ric me conoce como Amanda: una mujer extravagante que trabaja en casa, es arquitecta. Es un tanto adicta al sexo y está muy insatisfecha con su marido, quien la aburre inmensamente las pocas veces que accede a dejar su trabajo para follar. Además, Amanda no es capaz de dormir por las noches por lo que se conecta a Internet desde su despacho y busca compañía en las líneas eróticas.

Espero en silencio unos cruzando los dedos para que no me llame nadie, Ric es muy puntual, a las 3:00 a. m. va a conectarse seguro. Suena el pitido que me indica que alguien quiere hablar conmigo pero todavía son las 2:59 a. m. «Puede ser él, solo falta un segundo», pienso esperanzada.

—Hola caperuza, aquí está tu lobo feroz. Quiero comerte entera esta noche —habla un hombre con la voz algo gangosa.

Ric jamás me diría un cliché tan poco inteligente, me saludaría con ternura y me llamaría muñeca, siempre lo hace. Querría colgar la llamada, pero eso haría que me penalicen y me quiten comisión, solo debemos hacerlo cuando se incumplen las normas: faltas de respeto graves o conversaciones que denoten pedofilia.

Atiendo la llamada con resignación, consciente de que la voz ronca que me produce adicción, hablará con otra persona si no me encuentra disponible a las tres en punto; sé que a él le da igual quien esté detrás del teléfono, lo único que quiere es calmar su fantasía de tener un amor aunque sea por un momento. Yo, por otro lado, necesito saber que es a mí a quien busca, a mí y a nadie más.

Ric me ha contado su trágica historia, esa en la que una cabrona vengativa quiso que todos los hombres pagaran por las acciones de otro que le jodió la vida. Contagió a Ric sin ningún reparo, él cometió el error de confiar en ella, lo encandiló con su cuerpo y su dulzura y permitió que tuvieran relaciones sin protección. Me ha explicado que es un virus que se conoce desde hace algunos años pero que todavía nadie sabe cómo actúa exactamente, mucho menos saben cómo pueden acabar con él. Yo nunca había oído hablar de esa enfermedad hasta hace poco, hasta esa noche en la que Ric me habló de sus dolores de cabeza, de un enemigo alojado en su cerebro provocándole alucinaciones graves, de sus mareos y sus desmayos constantes y de las fuertes crisis de agresividad en las que quería acabar con el mundo entero.

Por fin termina la llamada y esta vez me ha parecido eterna. Era el sereno de un hotel que se aburre por las noches y dice que a partir de ahora llamará todos los días preguntando por mí; es normal tener clientes asiduos ¡Es lo mejor que te puede pasar!, te aseguras una comisión interesante. Le digo que soy mexicana y uso mis mejores dotes interpretativas para clavar el acento. A él le encanta y me pide que le cante el himno nacional. Yo saco mi teléfono y unos auriculares mientras le doy largas y, rápidamente, busco la letra en Internet y un vídeo para escuchar el ritmo. Canto. El gime y me pide que lo haga otra vez.

—¿Puedo llamarte Candela? —me pregunta cuando empiezo a entonar la canción— ¡Claro!, puedes llamarme como te apetezca. —respondo— ¿Quieres contarme porque has elegido ese nombre para mi?

Él no quiere responder, tan solo me pide que cante otra vez. —Canta Candela, canta. —No salen muchas más palabras de su boca. Empiezo a aburrirme pero mantengo la llamada sin dejar de cantar. ¡A este paso me quedaré sin voz!

Paso toda la noche mirando el reloj mientras trabajo, esperando que den las 7 de la mañana y me pueda ir a dormir. ¡Por fin!, las 7:00 a. m. Me levanto, recojo mis cosas y me voy a casa.

Me tumbo en la cama pero no puedo dormir. No paro de darle vueltas a un papel en el que hace semanas escribí el teléfono de Ric. «Diosss, ¿porqué no puedo parar de pensar en él? Eto es una locura.» Llevo tiempo imaginando a ese hombre encantador, la descripción de su cuerpo me vuelve completamente loca y su triste historia me provoca cierta dulzura dejando latente esa codependencia que forma parte de mi anulada personalidad. Dejo de pensar y lo hago, le mando un primer mensaje. Él no me contesta inmediatamente pero, cuando lo hace, mi corazón late taquicárdico deseando saber el contenido de su respuesta: —Hola muñeca, no puedo creer que seas tú. Sin dejar pasar un minuto, él actúa: suena mi teléfono y mantenemos la conversación que por la noche no fue posible.

Pasan los días y ya no me llama al trabajo, he perdido su comisión pero a cambio me humedezco cada mañana antes de irme a la cama. Estoy deseando que llegue el día en el que pueda sentir sus labios recorriendo toda mi piel.

Por fin llega el momento. Yo siento que lo conozco desde hace tiempo y no me olvido del detalle de su enfermedad. Pero no tengo miedo, se que es violento y he imaginado más de mil veces una situación, o un millón, en la que me asfixia mitigando el dolor que siento en el corazón porque yo también me encuentro sola.

Acudo sin pensarlo a esa cita mortal que me ha prometido esta mañana. No puedo esperar a sentir sus manos alrededor de mi cuello mientras la vida sale de mi cuerpo junto con ese orgasmo con el que tanto he soñado. ¡Allá voy!

Derechos Reservados Tali Rosu

 

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