¡QUÉ CALOR!

¡Qué calor!

Abro los ojos y solo consigo mirar el techo, no me puedo ni mover. El asfixiante calor de este verano me produce esa desagradable sensación de estar pesada y pegajosa.

La humedad de la playa no ayuda, las sábanas se me quedarían pegadas a la piel de no estar tiradas en el suelo envolviendo el cuerpo del vecino. Lo miro de reojo para no tener que esforzarme en girar la cabeza, mi expresión adopta un aire de asco porque recuerdo al individuo mirándome las tetas cada mañana en el ascensor. Es repulsivo.

Su mano asoma por debajo de la tela ensangrentada y lo puedo imaginar tocando mi cuerpo con ese imparable deseo que se asemeja al de un animal salvaje en época de apareamiento.

Vuelvo a mirar al techo. Llevo ya unas cuantas horas aquí tumbada y sin ganas de levantarme ¡Qué calor! Además, la pesadumbre de la culpabilidad se une a la temperatura que, conforme pasan las horas, es cada vez más elevada. ¡Qué calor!

Suspiro, miro al cadáver y bajo una pierna de la cama. Tengo que llevármelo pronto antes de que empiece a oler y venga la policía. Intento recordar en dónde enterré a los otros para no dejarlo demasiado cerca y me doy cuenta de que tengo que mudarme; ya no me quedan zonas libres para llevar a estos desgraciados babosos que me miran las tetas en el ascensor.

 

Derechos Tali Rosu

Imagen de https://pixabay.com/photo-834468/

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