SANGRE EN MIS ZAPATOS

Reto de “Con las prosas en punta”: escribir un texto en prosa inspirado por la imagen.

zapatillas ensangrentadas

Mi texto:

Sangre en mis zapatos

Perezosa, me levanto a las 7:00 de la mañana pero rápidamente me preparo un café para despertar. Cojo un cuchillo de la encimera y me doy cuenta de que está cubierto de un líquido gelatinoso que empieza a secarse. Me reprocho mi despiste y lo limpio con un trapo sucio, ese que parece haberse acostumbrado a permanecer en su rincón lleno de mierda. Si las cosas tuvieran consciencia, éste creería que es el único objeto sin lavar que contrasta con la impoluta limpieza del resto de la casa. Seguramente a veces se olvida de que no está solo; él, junto con las zapatillas blancas, que ya no lo son tanto, tienen la misión de desencajar en la perfección de mi obsesivo comportamiento, porque para la excelencia es necesario un punto de desequilibrio. Por eso yo soy tan sublime, tan… perfecta.

Corto la sandía en seis perfectos trozos y me dispongo a desayunar mientras un magnífico día se respira en el ambiente. Es un martes soleado de verano que ha decidido darnos tregua bajando la temperatura, con los pájaros cantando y una ligera brisa que anuncia la tormenta que vendrá más tarde para refrescar el pavimento y para tapar un poco el olor de la basura. Todo es como debe ser.

Cierro los ojos para disfrutar de las sensaciones que me acompañan, el orgasmo de hace un rato me ha dejado relajada y feliz, casi al punto del desmayo y un poco drogada con la serotonina que ha explotado en mi interior.

Me meto la sandía en la boca y entiendo que algo no va bien cuando detecto un sabor salado y oxidado, levanto la mirada y veo como la sangre que se cuela entre los tablones del techo va cayendo sobre mi plato sin ningún remordimiento. ‒¡Joder! Otra vez las putas ratas han roto los plásticos‒. Pasa con frecuencia, en la buhardilla no todo está tan impecable como en el piso de abajo, es difícil mantener ordenado el espacio con todos esos hombres mirándome desde sus bolsas. Y vivir cerca del vertedero no me facilita la labor de mantener a los roedores a raya. ‒A ver si arreglo el congelador de una vez, el olor de los recientes ya empieza a impregnar la estancia y el de ayer ha sido una auténtica carnicería, no se cómo contener la sangre.‒
Cojo el trapo y las zapatillas blancas, si, esos dos objetos ensangrentados que saben bien que les toca hacer el trabajo sucio. ‒Vamos chicos, tenemos que limpiar este desastre‒.

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