LOS CORTES

Santi decidió que haría un corte en su piel cada vez que viera o leyera algo que hiciera que su corazón se encogiera de la angustia o reventara de dolor.

Empezó hace poco tiempo cuando pensó que no quería vivir en un mundo tan injusto, lo decidió después de ver que todos sus esfuerzos siempre eran en vano. Y realmente no le importaban las veces que había entrado en la cárcel por defender a alguna persona desconocida, tampoco le afectaban demasiado los golpes recibidos por ayudar al débil en contra de un estado opresor. Pensaba que el dinero invertido en proyectos de ayuda no era dinero perdido. No le molestaba demasiado tener que perder tanto tiempo mirando las etiquetas en el supermercado, lo hacía por una buena razón, para no apoyar económicamente a los gigantes que sostienen las injusticias de la tierra. Lo que realmente le reventaba el hígado y las entrañas, era ver que se quedaba sin sangre defendiendo a aquellos que se mantenían quietos mientras les quitaban un riñón sin anestesia.

Cuando tomó su decisión, estaba dispuesto a seguir derramando su sangre por cambiar las cosas, pero no iba a hacerlo para siempre, llegaría a su límite cuando en su piel no cupiera un solo corte más.

Hace poco viajaba en el metro de la ciudad cuando un niño lo miró de repente y, sin querer, dio un grito y saltó hacia atrás al ver su cara. Santi lo comprendió inmediatamente, su rostro desfigurado y lleno de cicatrices reflejaba una sociedad que estaba más dañada que esa piel herida. Su cuerpo se había convertido en el monstruo que entre todos habían seguido alimentando, sin embrago, él siempre tuvo la esperanza de que algún día se detendría ésta masacre, que nunca llegaría el día en el que tuviera que verse completamente cubierto de marcas y de heridas. Al parecer se equivocó.

Ayer vio la fotografía de esos niños enjaulados después de ser separados de sus madres y sus padres, encarcelados por su único delito: no haber nacido ahí. Quiso buscar una zona de su piel que no tuviera cicatrices. Buscó en la planta de sus pies, pero el último hueco lo rellenó hace poco cuando vio a aquella niña ahogándose por intentar huir del país en el fue feliz durante muy pocos años, del que la echaron sin contemplaciones porque alguien decidió que ese espacio ahora le pertenecía.

Ayer, Santi no encontró un solo espacio que no tuviera un corte previo. Miento, si lo encontró. Rajó su cuello justo por la arteria yugular.

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