LA BRUJA HA MUERTO

Sobre una mesa de cocina dejaron sus pertenencias: Un sombrero, una escoba y un caldero.

El juez nos miró de frente y aseguró: -¡La bruja ha muerto!-

Mientras lo decía, su mirada dejaba claro que tenía miedo, necesitaba saber que es lo que había pasado. ¿Quién lo había hecho? Y, sobre todo ¿Cómo lo había conseguido?

Una sonrisa quiso escaparse por la comisura de mis labios y al mirar a mis compañeras encontré esa complicidad que no se dice pero se intuye. Lo había hecho yo, lo habíamos hecho todas.

Sin bruja se acababa la inquisición, sin víctima ya no habría verdugo; por eso temblaban de miedo, podían oler la fuerza y podían sentir los bellos de su piel erizarse como escarpias. Notaban el terror en sus propias carnes, ese mismo que sintieron ellas cuando las señalaron con el dedo y las acusaron condenándolas a muerte simplemente por ser fuertes.

Si, nosotras matamos a la bruja otorgándole el poder que se merece, reconociendo su inteligencia y quitándole esa magia que le brindaron los hombres para justificar unos hechos que los hacían sentir pequeños. Querían seguir negando que la mujer tiene vida propia y libre pensamiento. -¿Cómo puede ser que una débil y delicada florecilla los supere en conocimiento? ¿Cómo puede ser que un ser inferior no los necesite para sobrevivir?- Solo había una posible explicación, esa que se hizo más poderosa con el apoyo de una iglesia en la que el miedo es su sustento. Ellos crearon a la bruja, nosotras la matamos.

El juez sigue esperando una respuesta, coge la escoba vieja que estaba sobre la mesa, da un golpe en el suelo y, sin tener que decir nada, veinte hombres más aparecen en la estancia. Hoy han elegido a los más fuertes porque saben que han perdido, saben que de aquí no salen vivos los que quieran revivir a la mujer impotente y sometida que se dejó quemar en tantas ocasiones.

Ellos se enfrentan a cada una de nosotras imponiéndose a escasos centímetros de nuestros inmutables rostros. Buscan crecer en altura para mirarnos siempre desde lo alto, quieren vernos cojear, quieren vernos encorvar la espalda, bajar la mirada y ponernos el sobrero puntiagudo con el que buscan llevarnos a la horca también a nosotras. Quieren que encarnemos a la bruja pero no vamos a hacerlo; nosotras también crecemos, mantenemos los ojos bien abiertos y clavamos nuestras miradas como un puñal en sus cerebros. Damos un paso al frente pero ellos no retroceden, estamos todavía más cerca, oliendo su putrefacto aliento pero sin pestañear.

La bruja ha muerto para siempre. Nosotras la matamos.

Su muerte se veía venir, pero tardó más de lo que deseábamos. Todo empezó el día en el que una de nosotras decidió que ya era suficiente y detuvo la mano que se dirigía con violencia hacia su estómago; no pudo con él, murió entre sangre y alaridos, pero murió luchando como una guerrera. En ese mismo momento, otra de nosotras se quitó las cadenas y decidió que dejaría de ser un objeto sexual condenado a complacer a hombres desconocidos, decidió dejar la vida que “le correspondía” desde que su padre la cambió por unas monedas. Las fichas de dominó empezaron a caer poco a poco hasta volverse imparables, las manos femeninas encontraban otros dedos que las buscaban para sujetarse y formar una cadena, no hacía falta mirarlas, con sentir la fuerza con la que se apretaban una a la otra ya se sabía que era una mujer.

Mucho después, otra de nosotras se levantó de la mesa cuando él le dijo que tenían demasiada sal sus huevos, le dijo que la mejor forma de que estuvieran hechos a su gusto era que lo hiciera él mismo, que planchara sus camisas y lavara sus calzones, salió por la puerta y nunca más se le vio volver a entrar.

La bruja empezó a morir cuando nosotras decidimos que ya era suficiente, que estaríamos ocupadas usando nuestros cerebros para algo más que satisfacer los caprichos de demonios que nos quieren controlar. Y es que, quemadas en hogueras y ahorcadas ante un pueblo que se calla, las brujas no tenían que desaparecer, la intención de quien las condenaba era todo lo contrario, era mantenerlas vivas, mantenerlas sometidas. Debían resurgir de las cenizas, debían renacer una y otra vez para poder simular su muerte cuanto fuera necesario. Tenían que mantener su tornado sin que perdiera la fuerza que lo mantenía en pié acojonando a todo ser viviente que no tuviera un par de testículos entre sus piernas.

La bruja ha muerto, nosotras la hemos matado.

Pude ver claramente la sangre inyectada en los ojos de aquel que tenía delante, tan cerca que empezaba a darme arcadas. Pude ver crecer su ira y juraría que vi su cara transformarse, vi mil cavernas y un infierno reflejado en su mirada, y por un momento pensé que yo ya no podía hacer nada; pensaba que estaba muerta.

De pronto sentí una mano buscando la mía, me apretó con fuerza y supe que era una mujer. Poco después me encontró otra al otro lado, habíamos vuelto a formar una cadena, estábamos juntas y eramos fuertes. No había forma de acabar con todas, la bruja ya no estaba, nosotras la matamos.

Poco a poco los vimos retroceder y fuimos viendo como nacían hombres que estaban de nuestro lado, la guerra había dejado de ser sólo entre hombres y mujeres para convertirse en otra cosa. No había terminado, era tiempo de luchar contra esos mismos monstruos que habían decidido coger otras formas. La bruja había muerto pero no murió la rabia, nuestra lucha acababa de empezar.

 

Derechos Reservados © 2018 Tali Rosu

Registro 1806237477467

 

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