UN MAL DÍA

Gloria tuvo un mal día en el trabajo, de esos en los que a veces es mejor no haberse levantado de la cama. Al final de una mañana horrible, vino una tarde todavía peor y, para rematar, un grupo de clientes fue a revolver la tienda entre gritos y carcajadas cuando solo faltaban diez minutos para el cierre. Los adultos se probaban toda la ropa que, evidentemente, no pensaban comprar. Lo hacían sin prestar ni un poco de atención a esos niños malcriados que se subían en las estanterías, arrugaban las prendas recién dobladas y corrían por el espacio dando vueltas en círculos sin parar de gritar. –Venga, niños, parad ya– decía una de las madres con total parsimonia y sin desviar ni un ápice su mirada para reprender al renacuajo que, por supuesto, no hizo ni la más mínima intención de hacerle caso alguno a su progenitora. Gloria cogió una percha y empezó a doblar el metal mientras respiraba profundamente, con ella construyó un arma puntiaguda. Se imaginaba a sí misma reventando los globos oculares de cada uno de los presentes, casi podía ver la sangre y oír los gritos de terror mientras ella se ensañaba con la madre atontada que la había vuelto loca; a ella no solo le destrozó esos ojos inexpresivos, también le metió la percha en la boca y rasgó su mejilla desde el interior. La sangre no paraba de brotar mientras ella reía como si estuviera desquiciada. De pronto, un absoluto silencio reinaba en el local, se habían ido dejando la tienda hecha una absoluta porquería. No había sangre, pero si mucho que ordenar antes de poder irse a casa a escribir como cada noche.
Al llegar a su rincón, ese en el que podía sentarse a plasmar con letras todos los horrores que se habían creado en su desbordante imaginación, se dio cuenta de que la silla incómoda que usaba se había rajado por la mitad, ahora no solo le reventaba los isquiones, también le pellizcaba la piel cada vez que se movía. Intentó respirar hondo y concentrarse en su novela, no podía perder más tiempo y estaba a punto de acabarla. Cuando por fin notó que la concentración llegaba, pudo oír como se acercaba una familia por el patio. ¡No lo podía creer! Eran los mismos que la habían hecho llegar media hora más tarde de lo habitual, los niños seguían gritando, los padres los seguían ignorando. Se acercaban más y más. –Que no hayan alquilado el piso de al lado, que no hayan alquilado el piso de al lado. –Se repetía esa frase a sí misma como si hubiera entrado en bucle y como si de esa forma fuera a cambiar la evidente realidad: sí, habían alquilado el piso de al lado.
Cogió un manojo de llaves, eran las copias que abrían y cerraban todas las puertas de la casa de los vecinos. Las hizo después de deshacerse del último inquilino molesto, ese que terminó en la copa de un pino, boca arriba, con la flauta en la garganta y un cuchillo en el corazón.
Entró en silencio, aunque realmente no hacía falta, entre tantos gritos era imposible que alguien se diera cuenta de su presencia. Buscó las presas más fáciles. El primero fue el niño de siete años que cantaba a gritos en el baño mientras chapoteaba en la bañera. Gloria fue rápida, casi no se escuchó el berrido del pequeño mientras el agua por fin silenciaba su aguda voz. Gloria sonreía y disfrutaba viendo esos pequeños ojos suplicando piedad mientras los delgados brazos agitaban el agua cada vez con menos fuerza. –¿Ya no cantas, pequeña cucaracha? –decía Gloria con desprecio mientras apretaba con fuerza la cara del niño, enterrando sus dedos en esos mofletes que pronto perderían su color rosado–. Después lo soltó con fuerza provocando que la cabeza del cuerpo sin vida se estrellara contra la orilla de la bañera antes de volver a hundirse entre las burbujas.
Los siguientes no fueron tan fáciles, tuvo que perseguirlos durante un rato después de cerrar la puerta por dentro. Los gritos de los tres mocosos no importaron, después de todo, eran prácticamente idénticos a los que ya emitían segundos antes de que se dieran cuenta de que una intrusa los miraba fijamente, no variaban ni en intensidad ni en vocabulario. –¡Mamá, ayuda! ¡Mamá! –se escuchaban sus aullidos por toda la casa pero todos los ignoraban. Gloria se quedó inmóvil eligiendo a su primera víctima, quería atacar al más fuerte para quitárselo del medio cuanto antes y que no le estorbara defendiendo a los demás. Una vez tomada la decisión, Gloria se lanzó hacia él, lo cogió por un tobillo para tumbarlo, lo puso en el suelo boca arriba, se sentó en su abdomen y lo inmovilizó con las piernas mientras le sujetaba ambas muñecas con una sola mano. En la mano que le quedaba libre tenía un afilado cuchillo, ella estaba dispuesta a usarlo para torturar al renacuajo muy despacio, pero no pudo hacerlo porque las otras dos bestias le saltaron en la espalda mientras le propinaban patadas suplicando que soltara al otro pobre desgraciado. Gloria rajó el cuello del niño que tenía preso entre sus piernas, lo hizo sin miramientos antes de quitarse a otro de encima con un fuerte puñetazo que lo dejó inconsciente unos segundos, tiempo suficiente para pillar al más pequeño por los pelos y arrastrarlo hasta la ventana, lo obligó a mirar hacia abajo mientras le susurraba al oído: –Si no cierras la boca vas a estrellarte contra esas piedras del jardín. –El niño se quedó mudo mientras miles de lágrimas brotaban de sus ojos sin parar y el pantalón se llenaba de orines y de mierda. –Por favor, no le hagas daño –dijo el tercer niño, casi paralizado por el miedo, mientras Gloria sonreía con placer–. Las súplicas no sirvieron de nada, el mocoso mal educado pudo ver como ella le clavaba el cuchillo a su hermano, varias veces, por la espalda.

Solo faltaba uno, por desgracia no tenía demasiado tiempo, así que lo acorraló contra una esquina y le clavó el cuchillo en la garganta intentando que quedara colgando de la pared igual que un cuadro. El cuchillo ni siquiera se asomó al otro lado pero a Gloria no le importó, en realidad disfrutó al ver al cuerpo caer al suelo como un saco de patatas, todavía vivo, pero sin poder hablar.

Cuando por fin terminó su tarea, ella se marchó sin dejar rastro antes de que el silencio, ese bendito silencio, alterara a los adultos.
Volvió a casa, pensó en lavarse para quitarse toda la sangre y en ponerse ese pijama rosa de forro polar con el que se siente tan cómoda escribiendo, sin embargo no lo hizo, no había tiempo que perder. Con la cara y las manos llenas de sangre y con las venas aún latiendo emocionadas, se puso a escribir; tenía que hacerlo rápido antes de que se volviera a interrumpir su preciada concentración con los gritos que, seguramente, se escucharían cuando los padres se dieran cuenta de la nueva obra de arte que decoraba la habitación infantil.
Por suerte tuvo tiempo suficiente para terminar la novela, por desgracia no fue tanto como para que pudiera salir de ahí. Cuando le pusieron las esposas solo pudo volver a sonreír, recordaba ese momento triunfal en el que consiguió poner el punto final.

Derechos Reservados Tali Rosu

un mal dia ganador

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