DESDE SU VENTANA

María ha dejado un ramo de flores en el banco del parque que hay frente a su casa. Ahora lo mira desde su ventana mientras espera con paciencia; desde su rincón, ella acecha con la esperanza de encontrar una actitud particular en quienes pasean.

Después de varios transeúntes que ignoran el arreglo floral, un hombre se detiene al descubrirlo abandonado, mira a su alrededor y, al no ver a nadie, se lo lleva sin más. María refunfuña cuando se da cuenta de que tiene que volver a bajar y se levanta con gran esfuerzo; más de cien kilos de peso le impiden moverse con facilidad, la respiración se le acelera con cada movimiento y el corazón le late rápido para que el cuerpo responda.

María abre un armario y aparta los uniformes de camuflaje, esos que le recuerdan una época en la que saltaba obstáculos vestida con esas prendas; pero eso es cosa del pasado, tras la fuerte depresión de la posguerra, su obesidad se ha vuelto lo que hoy la condiciona y ya no sabe cómo volver atrás. Detrás de toda esa ropa hay un montón de arreglos florales amontonados en el suelo, ella coge uno de ellos y se dirige al ascensor con gran dificultad. Al llegar a la planta baja se mueve sin prisa hasta llegar al banco del parque y deja las flores exactamente en la misma posición en la que estaban las anteriores. Después vuelve lentamente a protegerse tras el vidrio de su alcoba y se mantiene a la espera como un felino tras su presa.

Pasan las horas y, con ellas, muchos ramos más y un desfile de personas sin particular importancia: los que curiosean, los que bromean con ellas, los amantes que las aprovechan, los que las ignoran y muchos otros que para María no son más que mortales insulsos que no merecen su atención.

Pero la espera no ha sido inútil, una niña pasea del brazo de una mujer que, aunque es de edad avanzada, está en evidente buena forma. La pequeña encuentra las flores y, con ilusión, pretende llevárselas con ella. La señora le da un tirón en el brazo mandándola a callar y sigue andando mientras ignora el llanto de la inocente chiquilla que tiene que ir casi corriendo para seguirle el paso.

Una serie de imágenes bombardean la memoria de María, vuelve a sentirse una niña bajo la cama esperando no despertar al monstruo y vuelve a recordar el orgullo que sintió su madre aquel día en el que firmó su condena, esa única vez que la vio sonreír: el momento en el que se alistó en el ejército.

 

Limpia las lágrimas de sus ojos y se recompone con un suspiro, no puede perder más tiempo en sensiblerías, su presa está ya muy lejos y no se puede escapar. Ella fue la mejor francotiradora de su batallón y, aunque la vista le empieza a ir mal por su diabetes, su experiencia no la ha defraudado. El disparo silenciado fue certero y la anciana, en la que ahora solo puede ver a su propia madre, cae desplomada. Ahora la niña podrá descansar.

 

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