DESDOBLAMIENTO DEL SER

Aquella mañana, Gaia se sentía mareada, tenía nauseas y se le revolvía el pecho. Sabía que una batalla campal estaba teniendo lugar en su interior, necesitaba un poco de calma pero no era capaz de conseguirla porque la lucha no tenía fin. Hacía tiempo que, día y noche, las partes que conformaban su todo se enfurecían unas con otras, se enfrentaban sin respeto y le hacían estallar la cabeza igual que una piñata reventada sin piedad.

Cansada de sentir las consecuencias de esa guerra, decidió desplegarse para cogerlas una a una y mantener una larga conversación, una de la que no podrían marcharse a no ser que llegasen a un acuerdo.

Gaia, el ser, eligió un espacio abierto para llevar a cabo la reunión, un sitio en el que solo podrían escucharse entre ellas, sin distracciones y sin que importase el tiempo que tuviera que transcurrir. Un espacio custodiado tan solo por su alma; esa única parte que parecía estar en paz, después de todo, era la única que conocía todas las versiones y era la que había viajado a cada una de las experiencias que podían tener lugar. El alma sabía que habían muchos caminos para Gaia, muchas posibilidades que había tenido que observar cada noche de su vida, su misión era llevar la información a otra parte importante del ser, a la intuición. Después de que el alma entrega su informe, la intuición es la encargada de comunicarle a Gaia a donde tiene que ir o que es lo que tiene que hacer para poder experimentar la mejor de las experiencias que se le habían presentado. Pero a la intuición a veces se le olvida que hay otros factores que tiene que tener en cuenta antes de hablar con Gaia.
La guerra había empezado porque la intuición quiso dejar de lado a la razón, esa que había tenido tanta presencia en una etapa más temprana de la vida pero que ahora era repudiada como un niño torpe que tiene ganas de jugar pero nadie quiere lanzarle la pelota.

‒¡Yo también quiero participar! ‒gritó la parte emocional cuando se cansó de sentir tirones hacia todas las posibles direcciones, cuando se cansó del remolino que se había creado, cuando simplemente ya no pudo seguir más.

Pero nadie escuchó a la parte emocional, todas seguían enfrascadas en sus propios asuntos, se olvidaron de que formaban un equipo y que habían sido desplegadas para llegar a un acuerdo.

‒¡Le dije cual era el mejor camino y no me hizo caso por tu culpa! ‒la intuición le gritaba a la razón llena de cólera.
‒Vamos a relajarnos un poco. ‒La parte emocional intentaba calmar las cosas, pero solo lo empeoró.
‒¡Tu cállate! Si no hubieras llegado con tu miedo y tu culpa la razón no habría intentado convencerla ‒la intuición replicaba sin tratar de serenarse, se sentía frustrada porque había sido ignorada en varias ocasiones. ‒¡Tenía que haber salido de esa zona de confort! ‒gritó antes de cruzarse de brazos y girar la cabeza enfurruñada.
‒¿Porqué te empeñas en que salga?, ¡no sabe lo que va a encontrar! ‒le dijo la razón mientras respiraba profundamente.
‒Si lo sabe, yo se lo dije. ¿No ves que no va a ser feliz si sigue por ese camino? ‒la intuición contestó resignada mientras metía la cabeza entre las piernas.

Un gran silencio invadió el lugar, casi no podían oírse ni los pájaros ni las marmotas, la tensión en el ambiente lo había hecho impenetrable.

‒Perdón ‒por fin habló el instinto, ese que llevaba callado todo el rato sintiéndose fatal por haberlo estropeado todo. ‒Ya sabéis que me resulta complicado controlarme.

El instinto había sido el culpable de enfrentar a la intuición y a la razón, pero a él le gustaba ir por libre de vez en cuando, esta vez no fue diferente, no pensó que, por su culpa, Gaia ignoraría una clara señal de la intuición.

‒Realmente es lo mejor que le pudo haber pasado ‒dijo la intuición un poco más tranquila. ‒Le dije que no te hiciera caso porque eso la alejaría de su decisión inicial, la de mantenerse en su zona de confort. Pero, como le he dicho un trillón de veces, no es ahí donde tiene que estar, tiene que aprender a saltar.

La intuición cogió de la mano al instinto mientras lo convencía de que no era culpa suya. La guerra parecía haber parado, todas las partes estaban agotadas y querían volver a entrar al ser y olvidarse de todo durante un rato. Todo estaba en calma hasta que…

‒¿Entonces que hacemos? ¿Saltamos o no saltamos? ¡Mira que si saltamos nos podemos romper la crisma! ‒la razón interrumpió la paz que, ese día, no iba a ser capaz de reinar.

Derechos Reservados Tali Rosu