CUANDO ERA NIÑO, AÚN BAILABA

Tengo cuarenta y dos años y me siento un niño de diez; me quiero ir a casa pero sigo aquí, apoyado en la barra del bar sujetando mi cabeza. Imagino ovejas que se dibujan en el aire y saltan por encima del tirador de cerveza, una tras otra, suaves y ágiles, como si la gravedad no les afectara.

Accedí a ir al bar cuando ella insistió por cuarta vez y prometió que solo sería una caña pequeña, y es que cuando suplica dulcemente con esos ojos brillantes y pizpiretos, es casi imposible decirle que no.

Estoy cansado y no he traído coche, he preferido que, ya que hacía el esfuerzo por salir de casa, por lo menos fuera ella quien tuviera la tarea de mantenerse sobria y despierta. Tal vez ese fue el error, ahora dependo de una persona que no parece tener prisa, al contrario, se ha enganchado al brazo de una dama que, al parecer, le despierta un interés especial porque no la suelta. Imagino que su nueva “amiga” se ha comido una enciclopedia y se está atragantando, tiene exceso de información en su interior y creo que la tiene que sacar toda ésta noche. Créeme, ¡Es evidente que tiene mucha! Ya no se si mi amiga Rebe la escucha, babea, o solo se ha perdido en su mirada, de lo que si estoy seguro es de que aún queda una larga noche por delante.

Yo, mientras tanto, pienso en juntar dos sillas para echarme a dormir mientras espero. Me acuerdo de esos años de felicidad en los que no importaba nada. ¿Será inapropiado hacerlo ahora? ¿Debo mantener mi posición de adulto políticamente correcta? Estoy a punto de hacerlo, echo un vistazo al bar para buscar un buen rincón para construir mi chillout. ¿Qué puede pasar? Como mucho me echarán del sitio y Rebe se dará cuenta de que es tarde.

No se cuanto tiempo llevaré buscando la estrategia para echar esa siesta sin que nadie se de cuenta. Un par de mesas ya se han quedado vacías y la persona que estaba a mi lado debió cansarse de hablarme sin obtener respuesta, de verme embelesado con la lámpara de enfrente soñando con esos días de infancia.

Cuando era niño, me metía bajo la mesa y me hacia un ovillo dispuesto a acompañar a las horas en su paso por mi reloj de muñeca. Era el lugar perfecto, en medio de todos esos pies que jugueteaban porque nadie los miraba. Ahí, debajo de esa maravillosa tabla opaca que oculta los movimientos de lo que pasa debajo, mientras el cuerpo visible de los comensales mantiene la compostura. Ahí, bajo la mesa, donde me gustaba dormir sin mas.

¡Basta! No hay motivo para aguantar esta situación. ¿Porque actúo como si fuera mi madre quien tiene que llevarme a casa? Soy un adulto y no tengo que depender de nadie. ¿Qué son unos cuantos kilómetros de carretera sin iluminar en una noche cerrada con luna nueva? Tengo un teléfono móvil con linternita y tengo dos largas piernas que hace tiempo aprendieron a andar largos recorridos; aunque también hace mucho dejaron de caminarlos. Y no puedo olvidarme de que tengo un dedo pulgar que puedo sacar para que algún amable ser me facilite la tarea.

Salgo de la estancia sin decirle nada a nadie y echo a andar en la oscuridad. Pensando en la cama en la que debería estar durmiendo en este instante, avanzo despacio. Intento olvidar mi objetivo y concentrarme en terminar pequeños recorridos sin reventarme las piernas, pero no puedo evitar visualizar mi almohada y odiar los ojitos de Rebeca que me han engañado otra vez.

De repente, cuando veo un coche a alta velocidad haciendo eses de un lado a otro, me da por pensar que tal vez no es muy buena idea hacer autoestop de madrugada, completamente vestido de negro y con solo una pequeña lucecita que a penas se puede ver. El golpe en mi espalda se siente seco, rotundo y doloroso; mi cabeza rebotando sobre el pavimento ya no duele tanto, solo noto como un líquido brota caliente, se desliza por mi rostro y se enfría rápidamente en su recorrido. La luz del coche se aleja mientras mi cuerpo yace en la cuneta. No puedo moverme y solo se me ocurre volver a ser ese niño de 10 años y llorar para desahogar esa horrible sensación de impotencia y desespero. Después de un rato, me quedo dormido para despertar al día siguiente tumbado en una cama de hospital.

Al abrir los ojos veo a Rebeca con la cara hinchada y los ojos rojos.

-Hola- no se me ocurre decir otra cosa, ella me abraza y se rompe como una frágil muñeca de porcelana que derrama agua salada, no es capaz de emitir palabra alguna, solo puede sollozar.

Cuando me dan la noticia de mi nueva circunstancia y cuando veo a la enfermera traerme la silla que me acompañará el resto de mi vida, ya no pienso en la cama que me espera en casa. Vuelvo otra vez a esa posición fetal bajo la mesa y me acuerdo que entonces, en la infancia, me cansaba de esperar y me ponía a bailar. Bailando se me pasaba mas rápido el tiempo.

 

Derechos Reservados © 2018 Tali Rosu

Imagen de https://pixabay.com/photo-2023446/

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