ADRENALINA

Akor estaba emocionado, por fin era su turno en la mesa de juego y estaba en racha.

Llevaba tiempo apostando con Rebeca, era su mayor tesoro y había conseguido lo mejor para ella; iba bien encaminada, no le faltaba de nada, era la mujer más bella que había imaginado, tenía amigos, tenía amor, tenía dinero y le gustaba su trabajo. Parecía que nada podía salir mal en esa perfecta vida de armonía y felicidad.

Akor tenía el corazón galopando y a punto de salirse de su pecho; sentía cierto vértigo cuando pensaba en las consecuencias. También se le revolvía el estómago un poco, pero no importaba, le gustaba esa sensación al apostar, sentía que algo iba desde su vientre hasta su garganta, subía con fuerza para, después, volver a bajar igual de rápido. Él adoraba sentirse así, poderoso, vivo.

El juego era fácil pero emocionante, no había estrategia que valiera, solo se podía jugar con el azar mientras todos esperaban tener una buena racha. Para Akor lo importante era la adrenalina, por eso sus apuestas eran grandes, muy grandes, se jugaba sus creaciones más valiosas y no le convenía perder.

Akor se sentó, cogió los dados, sopló tres veces, agitó la mano, respiró profundamente, se levantó y tiró con seguridad y coraje mientras gritaba su apuesta: ―¡Apuesto a Rebeca!

Teo, al otro lado de la mesa, hizo lo mismo mirando desafiante a su contrincante.

Teo sonrió cuando vio que sus dados eran más altos que los de Akor; a él realmente le daba igual perder o ganar, en verdad le importaba un comino lo que estaba en juego, simplemente le gustaba la satisfacción que se sentía al destrozar la vida ajena.

Akor se llevó las manos a la cabeza y suplicó que tuvieran piedad, lloró e intentó detener a Teo mientras se dirigía a la maqueta. Pero no pudo hacer nada. Teo puso el dedo sobre la cabeza de Rebeca y en ese mismo instante se pudo ver un accidente en la carretera.

Los dioses disfrutaban viendo como a Rebeca se le desfiguraba la cara por el impacto, todos menos Akor, él no podía hacer otra cosa que no fuera pedir perdón. Prometió arreglarlo y siguió apostando con ella, esperaba volver a tener la buena racha que parecía haber perdido. Eso nunca sucedió y, cuando pasó un tiempo y  vio a Rebeca demacrada y triste, sin nada a lo que aferrarse y a punto del suicidio, entonces decidió olvidarse de ella y eligió otra vida para seguir jugando.

 

Derechos Reservados Tali Rosu

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