Dulce infierno de algodón

Todo empezó el día en el que un pequeño gatito mimoso y con tacto de algodón vino a mi puerta. Mi corazón se derritió con su ronroneo y con ese masaje que me daba en la tripa mientras buscaba un trozo de tela para succionar. Lo adopté sin pensarlo demasiado, no había nada que objetar; era simplemente encantador.
Meses después la bolita de pelo empezó a crecer y, con él, los nidos de mierda que habitaban mi apartamento también lo hacían. Hogares de ácaros que por la noche devoran mi piel sin miramientos. Alfombras cubiertas de esos finos filamentos que solo saben volar cuando ven pasar la escoba. Y así la suciedad empezó a crecer sin que yo supiera como contenerla, la piel me empezó a picar y mis ojos irritados no paraban de llorar. Yo, al borde de un ataque de nervios, intentaba relajarme con alguna actividad, pero siempre venía él maullando incesante hasta conseguir mi atención con un grito de auxilio, ese que en su inocente cabecita interpretaba como el grito de guerra para empezar a jugar al pilla pilla. Al salir corriendo a esa velocidad que yo jamás podría alcanzar, a su paso iba dejando su huella particular, pelos, pelos y más pelos que se incrustaban en las telas para no escapar jamás.
Ayer, otra bolita se acercó a mi ventana y me pidió permiso para entrar, lo hizo con las dos patas percutiendo el vidrio sin detenerse hasta conseguir el objetivo que tanto estaba buscando. Por supuesto, lo dejé pasar. Los dos se peleaban continuamente y, mientras lo hacían, se arrancaban mechones que terminaban en el sofá; esto no había hecho más que empezar. Yo respiraba hondo, estornudaba de paso y pensaba lo mucho que adoraba ese infierno al que me tenían sometida los miserables felinos adorables que irritaban mi laringe pero inflamaban mi corazón. A ratos quería hundir mi cara en su cuello y dejar que sus cabezas reposaran sobre mi melena enmarañada, otras veces quería lanzarlos por la ventana y quemar mi casa entera para olvidar todo el rastro de locura que habían dejado tras su paso.
Hoy, iba paseando por la calle y me seguían cuatro más, yo los miré de reojo porque no quería que supieran que había notado su presencia, me hice la despistada y continué mi camino. Cuando entré en casa me di cuenta de que dieciséis patitas se habían posado en la ventana mientras maullaban al unísono rogando que los dejara entrar. Abrí resignada y salí a la terraza para poder respirar.
El infierno me ha atrapado en una nube de algodón y el primero que ha llegado es el rey de las tinieblas, va a seguir reclutando pelos con patas y bigotes hasta que yo me vuelva loca. Y cuando lo haga, cuando me arranque la piel con las uñas y me sangren los ojos por la alergia provocada, él seguirá sin dejarme ir porque ya le pertenezco.

Fin

 

Espero que os haya gustado. Se agradecen comentarios y críticas constructivas.

Derechos Reservados Creative Commons

 

Imagen de https://pixabay.com/photo-2013886/

3 comentarios sobre “Dulce infierno de algodón

  1. Me gustan las personas que aman los animales pero los gatitos…son mi debilidad.Me gusta tu relato y me enternece tu manera alocada de convivencia con esas bolitas de pelo.Guay!!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s